Archivo de la etiqueta: cultura digital

#ParadigmaTIC@s participación ciudadana y sociedad digital

Este artículo forma parte del libro colectivo ParadigmaTIC@s que ha promovido la Coordinadora de ONGD España y que se puede descargar en PDF y ePub.

Contenidos de libro

  • ¿Cuál es el nuevo paradigma de la comunicación en el que nos movemos las ONG de Desarrollo? #Xosé Ramil
  • ¿Qué caracteriza a la participación ciudadana en la sociedad digital? #Tiscar Lara
  • ¿Qué cambios ha experimentado la solidaridad en la cultura digital? #Arancha Cejudo
  • ¿Cómo lograr la implicación de la sociedad en las ONG en la nueva cultura digital, o viceversa? #Pablo Navajo (Desde este enlace en PDF puedes descargar una recopilación de ejemplos y experiencias relacionados con este capítulo)
  • ¿Qué caracteriza a los nuevos espacios en los que se deberán mover las ONG para seguir incidiendo en sus mensajes? #Juanlu Sánchez
  • ¿Cómo generar conversaciones y promover la participación desde las ONGD?#Jaume Albaigès
  • ¿Cómo nos puede ayudar la comunicación 2.0 a re-visualizar el Sur? #Lucila Rodríguez-Alarcón
  • ¿Qué podemos aprender las ONG de movimientos como la primavera árabe o el 15-M? #Leila Nachawati
  • ¿Qué herramientas necesitamos las ONG para incorporar un nuevo modelo de comunicación basado en la participación? #Tanya Notley
  • ¿Cuáles son o deberían ser los nuevos indicadores de la comunicación 2.0 en las ONGD? #Daniel González
  • ¿Qué estrategia podemos adoptar las ONGD en los entornos digitales? El caso de ONGAWA #Valentín Villarroel
  • Introducción: Aprendiendo a ser anfibios #Víctor Marí

 

¿Qué caracteriza a la participación ciudadana en la sociedad digital?

Tíscar Lara

Cuando pensamos en sociedad digital y participación ciudadana, probablemente la primera palabra que nos viene a la mente sea “web 2.0”. Aunque en su composición alude a la tecnología y la informática, se trata fundamentalmente de un nuevo paradigma de comunicación global: un medio, un canal, un lenguaje, unas herramientas y toda una serie de prácticas culturales que posibilitan la participación social.

El paso de la web 1.0 (comunicación para las masas anónimas) a la web 2.0 (comunicación de los colectivos identitarios) ha dejado por el camino una profunda crisis del papel de los intermediarios de la información. Llevamos años escuchando sobre la revolución de los lectores, los alumnos, los votantes, los pacientes, los clientes… Si cualquier persona puede acceder directamente a las fuentes de información y aplicar su propio filtro y criterio, es lógico que se cuestione cuál es el rol de profesiones como el periodismo, la docencia, la política, la medicina, la empresa, etc. No en vano, en paralelo hemos hablado de periodismo 2.0, educación 2.0, política 2.0, medicina 2.0, empresa 2.0… y en todas parecíamos querer decir…un periodismo, una educación, una política, una medicina y una empresa… más participativas.

Las formas comunicativas que se han generado a partir de estos medios digitales se ven atravesadas por una serie de prácticas culturales que están modificando la manera de producir información, por un lado, y de comunicarla en un ámbito global, por otro. Estas dinámicas tienen que ver con la autoría, cada vez más colectiva y amateur (procesos del hazlo tú mismo o DIY), con la indagación como método (interés por intervenir en los engranajes o Hacking), con la mezcla de datos diversos como fórmula de composición editorial (también llamado Remix) y con la difusión viral como método de propagación a partir de canales sociales de prescripción personal (Viral networking).

Con la fusión de nuevos lienzos ciudadanos (web social) y nuevas plumas de bolsillo (tecnología móvil), la sociedad digital cuenta con unos medios antes inimaginables para tener voz, ser visible, influir y decidir a una velocidad inusitada. La cultura digital se construye con la incorporación de la lógica de red y valores como son la transparencia, la horizontabilidad, la confianza, la sostenibilidad, la colaboración y la identidad. Esto se traduce en prácticas de comunicación digital donde la persona, a través de sus múltiples identidades digitales, va dejando huellas que sirven para trazar la nueva sociabilidad desintermediada. Son las fronteras diluidas entre lo amateur y lo profesional, entre lo individual y lo colectivo, entre lo original y lo remezclado, entre lo personal y lo corporativo, entre lo privado y lo público, entre el ser y estar… las que van tejiendo nuevas formas de leer y escribir el mundo.

La Red es la plaza: nuevas formas de ser y estar juntos

En un proceso de largo recorrido, iniciado con los blogs, perfeccionado con las redes sociales y catalizado con la llamada tecnología de bolsillo o móvil, los ciudadanos han encontrado en la Red el espacio público para la creación de comunidades, el reconocimiento mutuo y la auto-organización que veían limitados fuera de Internet.

No es casualidad que el comienzo de siglo se sitúe en 2001 como también el nacimiento de los blogs y la Wikipedia, referentes indiscutibles de la web social. Como tampoco es casualidad que cerremos esta década en un año caracterizado por los movimientos ciudadanos que han tomado las plazas públicas de las ciudades para hacerse visibles, saltando de la Red y volviendo a ella intermitentemente para ensanchar sus posibilidades de movilización y reinventar nuevas formas de ser y estar juntos.

Los nuevos medios digitales son fundamentalmente medios que recuperan una forma antigua, ciudadana y participativa de discusión de lo público: la oralidad. A pesar de que su manifestación más bien parezca de lecto-escritura, y ciertamente los mensajes circulen en forma de letras o imágenes, la percepción que toda esta explosión comunicativa ha generado es de oralidad, de conversación, de decir y de escuchar, de compartir tiempo y espacio, tiempos y espacios digitales. Esto es así por la propia naturaleza de la tecnología, que nos permite estar siempre conectados, presentes en la plaza pública, abiertos a la interacción, con capacidad para decir y también para escuchar, para reaccionar desde cualquier lugar y en todo instante al mínimo movimiento que estalle en ese gran ágora que es la Red.

Ninguna de estas ocupaciones de tiempo y espacio públicos habría tenido el alcance suscitado de no ser por un medio digital, extremadamente simple y sofisticado a la vez, heredero del potencial social de los blogs como medios personales y públicos, que se ha unido a la capacidad de interacción inmediata y ubicua de la tecnología móvil. Ese medio es Twitter, la gran hemeroteca social construida a base de cotidianidad. Twitter es la manifestación de esta nueva oralidad con ecos globales, que hace de las voces particulares e hiperconectadas la nueva historia de lo social. Los movimientos de los últimos años, espontáneos y ciudadanos, auto-organizados de forma reticular sin líderes aparentes pero con modulación constante e identificación mutua como colectivo, hablan sobre el poder ciudadano cuando usa estratégicamente la comunicación digital.

El éxito de Twitter demuestra que “lo personal es político” ya que, en cierta forma, con nuestros fragmentos y huellas digitales, estamos dejando los relatos con los que se construirá nuestra historia social en un futuro. No olvidemos que el propio mensaje de este medio nació apelando al usuario a mostrar su entorno más íntimo con un “Qué estás haciendo” y, a causa del los usos sociales que estaba generando en diversos movimientos internacionales, cambió a mediados de 2009 para recoger el entorno más social en un “Qué está pasando”. Este cambio de lema, del mostrar al contar, del yo al nosotros, supone un cambio estratégico de los propietarios de Twitter, sorprendidos y conscientes del valor que había logrado como medio de comunicación global, al trascender de lo privado y convertir la banalidad de lo personal en una narrativa de lo social.

Prueba de la oralidad de Twitter es el propio diseño de la tecnología, pensada como flujo del instante, en una celebración constante del presente. Tanto es así, que no resulta fácil congelar ese momento, en esa necesidad humana de guardar y archivar, por lo que surgen multitud de aplicaciones accesorias que pretenden dar respuesta a este interés. Ahora bien, ¿qué hay más relevante que las personas manifestando sus intereses, sus motivaciones, sus deseos, sus lecturas, sus miradas, etc. en tiempo real? Nada hay más profundo que lo superficial, especialmente cuando se produce en forma de masas ingentes de información. Los grandes mercados de la sensibilidad humana no han sido ajenos a este fenómeno. Por ello, Google, un jugador a tener siempre en cuenta, llegó a ofrecer millones de dólares a Twitter por indexar su contenido, algo inimaginable cuando toda web lucha por ser “descubierta” por el gran buscador. Finalmente este acuerdo no llegó a prosperar y Google ha iniciado un nuevo intento, después del fracaso de Buzz y otras aplicaciones, por crear su propia plaza pública y gestionar la conversación global: Google +.

¿De quiénes son los datos? ¿Quién controla la voz ciudadana?

Hay quienes ven en estos usos ciudadanos de Twitter una liberación y al mismo tiempo un peligro, el de la centralización de poder y falta de autonomía, por otro lado una constante en toda la retórica 2.0. Así como los blogs nacieron como tecnología federada, de conversación interoperable y con la posibilidad de autogestión de cada usuario en su propio servidor, las redes actuales tienden a la centralización en espacios controlados por empresas corporativas (p. ej. Facebook) que nos invitan a jugar en sus plazas, a habitarlas y crecer en ellas, con la amenaza de controlar nuestros datos personales y con el riesgo de tirar del tapete en cualquier momento. Este miedo no es infundado y, de cara al fortalecimiento de una ciudadanía digital crítica y activa, conviene tener presente la importancia de la autogestión en el diseño y control de la tecnología de comunicación. En el momento en el que nos encontramos disponemos de tecnologías de código abierto que suplen estas necesidades, como es Identi.ca para un microblogging alternativo a Twitter y otras muchas para la creación de redes propias. Sin embargo, cabe también plantearse si no sumaríamos al problema de una plaza pública con un patrocinador el crear multitud de plazas propias, con el riesgo de aislamiento y fragmentación que eso supone. El reto es aprender a manejar la incertidumbre, convivir en los distintos espacios y comprender de forma crítica la naturaleza de las tecnologías para hacer un uso activo de las mismas.

Nuevas formas de protesta y acción, nueva cultura participativa

Pero no todo es estar físicamente en las plazas. Además de la denuncia en tiempo real de miles de testigos presenciales, como ha sucedido en las recientes manifestaciones árabes, en Twitter hemos aprendido de la capacidad del “voto” de sofá en protestas puntuales que alcanzan un nivel de visibilidad crítico en la Red (p.ej. la retirada de publicidad en un programa de televisión, la retransmisión de un evento deportivo no contemplado, la paralización de un proyecto de ley, etc.). Son fórmulas que aprovechan la velocidad explosiva de la comunicación digital y que tienen consecuencias directas antes inimaginables por los cauces tradicionales de la opinión pública.

Desde los primeros usos de los blogs, la voz ciudadana en el espacio público se ha caracterizado por la reivindicación de medios para contar su propia historia y al mismo tiempo por tener las herramientas para controlar y demandar transparencia en la apertura de la información. Legiones de ciudadanos han visto en el espacio digital un lugar desde donde documentar, ensanchar y trazar el recorrido del poder político y económico, con el objetivo de leer y comprender la complejidad del mundo desde nuevas variables. En este sentido, los movimientos de Open Data y las técnicas de visualización están sirviendo a colectivos interesados por destacar  y representar las inconsistencias de los silos de información, cuya dificultad hoy no es tanto de escasez sino de sobreabundancia, al encontrarse ocultos bajo la luz y perdidos en la saturación.

Hay también un cierto resurgir de la creatividad como instrumento de crítica en forma de parodia. Son fórmulas que utilizan los códigos narrativos de la publicidad viral y los transgreden como elemento de resistencia y denuncia contracultural. Nos referimos a fenómenos como los memes, que desde la sátira consiguen movilizar y cuestionar ciertas prácticas corporativas o políticas con acciones tanto en la Red como fuera de ella.

Hasta aquí todo son mensajes posibilitadores, de empoderamiento del ciudadano frente a los medios tradicionales de comunicación. Pero toda libertad tiene su precio en forma de responsabilidad. Pasar de un modelo lineal de comunicación de masas, altamente centralizado y reservado a los poderes fácticos (política, empresa, etc.) donde la voz ciudadana era siempre mediada, asimétrica y normalmente anónima, a un modelo mucho más circular, directo y auto-organizativo como es la Red, supone una mayor responsabilidad individual y colectiva al producir, procesar y difundir información en un entorno de comunicación pública.

Responsabilidad no solo en lo que se dice y en cómo se dice, teniendo en cuenta que actuamos en la potente pero también resbaladiza arena del espacio público, sino también en lo que escuchamos y en cómo lo interpretamos. A mayor cantidad y diversidad de información, mayor necesidad de filtrar y valorar la credibilidad del contenido y de la fuente. Esta tarea recae cada vez más en el ciudadano, pero afortunadamente no está solo en este empeño. Para ello cuenta con sus propias estrategias de selección y filtrado social a partir de los anillos de confianza que va construyendo constantemente en sus círculos de influencia a través de las redes sociales.

Todas las intervenciones, en su muy distinta forma de participación, colaboran en la creación de este criterio social. Desde quien graba y cuelga un vídeo, hasta quien lo difunde entre sus contactos o quien solo lo ve sin dejar comentarios. Todos somos necesarios y todos somos útiles en el ecosistema de la comunicación digital. Ampliar el espacio público y favorecer una cultura de la participación (transparente, abierta, solidaria, etc.) requiere también de un alto grado de formación en los valores que requiere una ciudadanía digital.

No hablamos solo de una opinión pública ensanchada y con capacidad de movilización a mayor escala (conectividad) y en tiempos más cortos de reacción (tiempos de red), sino de un mayor interés por participar en un sentido amplio de la palabra: influir en el discurso social, ser parte activa y co-responsable de la incertidumbre, tener voluntad para aplicar la inteligencia colectiva a pensar y poner en marcha soluciones globales. Ser digital implica involucrarse en los problemas, participar de las esferas de decisión, compartir descubrimientos y organizar soluciones para diseñar un mundo más sostenible, justo y solidario.

 

Aprendizaje informal en la red: laboratorios ciudadanos

Les in schoenen poetsen en handen wassen / Lesson in washing hands and polishing shoes

Aprendizaje informal en la red: laboratorios ciudadanos

Imaginemos que alguien quiere aprender a cocinar, a coser, a comprender a Kant, a dibujar un plano en tres dimensiones, a distinguir unas plantas de otras, a identificar las estrellas, a provocar una reacción química, a producir un documental, a conocer el porqué de las distintas formas de las nubes, a indagar en la etimología de una palabra, a elaborar un argumento de defensa penal, etc. ¿Qué hará? ¿Un curso en sus muy distintas modalidades formales o no formales? ¿Intentar aprender por su cuenta buscando el libro oportuno en una tienda o biblioteca? ¿O buscar en su entorno más próximo a otras personas que puedan enseñarle?

Ciertamente todos los saberes no son iguales, unos se prestan más a la consulta de información y otros requieren de cierta práctica para adquirir el conocimiento necesario. En cualquier caso, las opciones suelen estar limitadas a formatos rígidos y estructurados (educación formal), a contenidos consolidados (libros fundamentalmente) y a contactos personales (círculos próximos).

En el otro extremo se encuentra Internet, donde tanto la información como las personas y sus deseos de interacción circulan libremente. Donde en principio no hay plazos prefijados para comenzar un itinerario formativo, ni numerus clausus que impidan acceder al conocimiento, ni fronteras espacio-temporales que niegue el contacto a talentos diversos. Internet es el paraíso del autodidacta, del amateur que no ve límites a sus intereses de aprendizaje y del practicante que logra encontrar una comunidad especializada. Internet es la fusión de espacio y tiempo donde qué aprender, con quién, de quién, cuándo, cómo y dónde no está organizado en fórmulas rígidas y semiestructuradas, sino abierto a la negociación de sus participantes.

Por eso, cuando hoy alguien quiere aprender sobre algo, al menos a este lado del mundo, probablemente su primera opción sea acudir a Internet, navegar y bucear, curiosear e indagar, conectar y compartir. Pero Internet es mucho más que una manera de potenciar los cauces educativos que conocemos, es el  territorio donde se están construyendo nuevos saberes y donde se está experimentando una nueva cultura: la digital. Una cultura que emana de valores como la horizontalidad, la transparencia, la colaboración y la sostenibilidad. Internet tiene la magia del aprendizaje informal entre pares y la riqueza de la mejor biblioteca universal. Internet no nos educa pero sí nos hace aprender.

Existe, sin embargo, una profunda y terrible brecha manifiesta entre los procedimientos, canales y cauces de la educación tradicional, aquella que nos rodea en el mundo físico más próximo, y el universo que hemos aprendido a aprehender en Internet. Cómo trazar puentes y cómo incorporar las lecciones aprendidas en ambos entornos es el reto. Necesitamos por tanto satélites de la cultura digital en los barrios, espacios ciudadanos donde se pueda aprender con la lógica de red, donde se pueda practicar con esas nuevas formas de pensar y hacer juntos, donde colaborar y compartir sean las reglas básicas de toda construcción de conocimiento.

Estos espacios son las filiales naturales de la Red, que traen la cultura digital a la calle, traducen los bytes en átomos y extienden sus valores a la práctica cotidiana. Estos espacios ciudadanos no están tanto diseñados para educar como sí para producir, pensamiento y acción, ideas y prototipos. El aprendizaje no tiene por qué ser el objetivo pero sí es el resultado que se extrae de todo el proceso.

Aquí la acepción de la palabra “enseñar” tiene más que ver con mostrar que con educar: no habla tanto de la intención transmisiva como sí de la exploradora, de suscitar y motivar, de provocar el interés por el descubrimiento, de movilizar la deconstrucción, de indagar en las costuras para inventar nuevos patrones, de exhibir en público los vericuetos de esos caminos, de exponer en abierto los resultados de esos procesos y de pavimentar ese recorrido con evidencias documentadas.

Esos espacios ciudadanos no tienen forma de academia, ni de universidad, ni de ateneo. Están, por el contrario, más cerca del laboratorio en cuanto al ritual de lo experimental y al taller como escenario de lo artesanal. Esa mezcla virtuosa transciende los laboratorios de alta ciencia y los hace ciudadanos, a pie de calle accesibles, asumibles, asibles, posibles…

Esos espacios ciudadanos logran trazar viaductos entre el plano de las ideas y la mesa de corte y confección, hacer teoría desde la práctica y al revés: pensando con las manos y haciendo con la mentes. Siempre en gerundio y siempre en comunidad.

Apuntes para un laboratorio ciudadano digital

Son muchas las prácticas que se producen y se demandan en estos espacios ciudadanos o laboratorios digitales. Todas son necesarias y todas imprescindibles para garantizar ese puente digital. Avanzamos algunas de ellas:

La cultura del don: dar sin expectativa de recibir directamente por ello, porque solo dando se puede recibir. Dar significa aprender a donar. Dar significa agradecer y reconocer.

La cultura del tutorial: documentar los avances propios para allanar el camino a los interesados que quieran sumarse al proceso.

La cultura del prototipado: celebrar el error como método de aprendizaje, lo imperfecto, compartido y discutido como solución de mejora, lo replicable como garantía de sostenibilidad.

La cultura de la mediación: ofrecer conectores, traductores que expliquen e inviten a la participación, con la habilidad de incorporar la cultura ciudadana de la praxis y conectarla con la intelectual.

La cultura de la hospitalidad: invitar y acoger al neófito, atraer al afectado, integrar al discordante y celebrar la controversia creando un contexto que haga sentir a todo el mundo en casa, en familia, integrado y parte sustancial de la comunidad.

La cultura exploradora: aprender en la frontera de saberes aún no definidos detectando tendencias en nuevos campos de exploración, en temas emergentes que aún no estén cubiertos por otros espacios formativos.

La cultura de lo colectivo: no se puede aprender si no es en sociedad. El aprendizaje es social por naturaleza y la composición del grupo bajo las claves p2p es básico para favorecer su desarrollo.

La cultura del acompañamiento: diluir la figura de profesor y favorecer el intercambio mutuo con el apoyo de facilitadores o tutores.

La cultura del proyecto: pasar de la motivación a la implicación, incorporando la duda y la pregunta como método de mejora continua. Del querer hacer al hacer. Del proyecto personal al proyecto colectivo.

La cultura de la exposición: la transparencia de los procesos y la comunicación en público como método de evaluación social. Porque para aprender hay que enseñar y no hay más premio que el reconocimiento entre iguales.

La cultura de la diversidad: la riqueza emana de la mezcla, del talento dispar, de la controversia y del enriquecimiento mutuo.

Es, sin ninguna duda, en estos laboratorios ciudadanos en donde se está experimentando con las metodologías del aprender haciendo y del aprender a lo largo de la vida que necesitamos para una cultura digital en red, abierta, transparente y colaborativa. La buena noticia es que estos espacios ciudadanos existen, emergen en las ciudades y construyen puentes para la cultura digital a pie de calle. A veces bajo el impulso de las instituciones públicas, a veces bajo legitimidades públicas de nuevas instituciones.

Este texto es un borrador para las sesiones de los Laboratorios de Internet que comenzamos esta tarde en Medialab-Prado Madrid.

¿Qué cambia al leer y escribir en línea?

¿Qué cambia al leer y escribir en línea? 

Notas de apoyo para la mesa redonda del mismo título en las Jornadas de leer y escribir en español en la red de la Fundación Comillas, 15 y 16 de diciembre de 2011. Compañeros de mesa: Daniel Cassany y Boris Mir. Y excelente resumen de Fernando Trujillo en su blog.

Lectura complementaria: Artículo Personismo de portada en la fragmentación del ecosistema mediático (PDF). Revista Sphera

Entendiendo “en línea” más allá de lo online y hacia la ubicuidad….

 

CAMBIA el público, el contexto, el género, la autoría, el soporte, la tecnología de escritura y lectura

NO CAMBIA la necesidad humana de comunicarse, de informar e informarse, en un sentido reflexivo, de sentirse comprendido, acompañado, reconocido, etc.

Así enunciado parecería que todo cambia y nada cambia, lo cual nos dificulta avanzar en el análisis.

Pero fijémosnos para comenzar en dos categorías universales: tiempo y espacio.

En el ámbito de la lectura y escritura analógica, la secuenciación, el turno, el tempo entre uno y otro, condiciona las formas de leer y de escribir mucho más de lo que lo puede hacer la escucha y el habla. De igual forma lo hace el espacio, tanto el de lectura como el de escritura, que no tienen por qué coincidir y que en realidad raramente coinciden.

Estas dos proyecciones, y en cierto modo distancias, favorecen formas propias de reflexión, de introspección, de modulación, de conceptualización, etc.

Leer y escribir en línea, online, siempre conectados significa sincronía, encuentro e interacción en tiempo real, pero también en espacio real: el espacio digital. Hablar de “en línea” es cada vez más hablar de “oralidad”. Aunque los bytes tomen formas de letras, sonidos o imágenes, fijas o en movimiento. Aunque sean decodificadas y por tanto leídas en lugar de escuchadas, no deja de ser una interacción más oral que escrita.

Cierto que hay medios digitales no sincrónicos en un sentido estricto (blogs, webs, etc.) pero la evolución de la red avanza hacia los medios más ubicuos: las redes sociales, esto es, comunicación al instante en cualquier momento y en cualquier lugar.

 La web 2.0 es fundamentalmente comunicación y comunicación social. Pero cada vez más oralidad, una oralidad que escribe la nueva narrativa social a partir de huellas digitales.

En línea / En directo: estamos en el aire!!! Este mismo texto es distinto si lo escribo en un procesador de textos, que en el borrador del blog, que en ideas intermitentes en Twitter. Escribir en público es una forma de pensar.

Dibujar constantemente las fronteras: entrando y saliendo de espacios, patios y plazas: personal-profesional, privado-público, etc.

Metadatos, metainformación: el contexto de lectura, de lo que se lee y de cómo se lee, está enriquecido por mucha información que lo envuelve pero que muta constantemente, que no tiene por qué ser la original, de origen, ni en signos paralingüísticos ni en criterios editoriales. Leer en Flipboard, leer en Currents Google… genera una mezcla auto-organizada de contenido fuera de contexto, con nuevas disposiciones gráficas, con mezcla de autores, etc.

Narrativa constante y fragmentada: intermitente, con distintos grupos, con distintas tecnologías. Veo, siento y necesito compartirlo. Una foto, un mensaje, en twitter, en facebook… De la postal analógica al check-in en foursquare.

Velocidad emocional: a un golpe de yema de dedo, del pensar, del sentir, al comunicar inmediatamente.

Nuevas formas de leer y escribir el mundo: TWITTER

Historia social a partir de las narrativas personales. Del qué estás haciendo al qué está pasando.

Donde leer es escribir: consumimos información a partir de su marcado y redifusión RTs, de su traza pública, de su organización, etc. Leer es decir que hemos leído.

Privado-público: sensación de intimidad, decir a todos y decir a unos pocos.

¿Efímero? HEMEROTECA social. Twitter no está diseñado para su archivo.

Superficialidad: como bisagra y pegamento de la socialización. Superficial también la forma de interactuar con los dispositivos, deslizamos el dedo.

Todo esto conlleva necesariamente una serie de determinantes y consecuencias que condicionan la competencia necesaria para “leer y escribir” en línea, esto es, también “escuchar y hablar” en línea:

SER conscientes y HACER un uso estratégico de la libertad y responsabilidad que conlleva la lectura y escritura en línea.

Incorporar como elementos importantes del proceso comunicativo: la inmediatez de la respuesta, la replicabilidad del objeto digital, la transparencia del proceso, la viralidad en la difusión, el diy-diwo, el remix, el beta constante, etc.

¿Estamos preparados y preparando para una oralidad que deja huella digital?

Cómo reinventar la Educación Superior desde lo Abierto

El último número de la Revista Telos, de cuyo Comité Científico tengo el honor de ser miembro, incluye un Dossier dedicado a la Cultura Digital con los siguientes artículos. Uno de ellos es el que he dedicado a la Educación Superior en relación con las estrategias de apertura de contenidos, tecnologías y personas desde lo digital. Más abajo incluyo el texto completo del mismo.

Enrique Bustamante: Cultura Digital: la ‘nueva’ cultura clásica

Iván Lacasa: Nuevos medios, nuevos usos, nuevos públicos

Cristina Paz García: Potencialidades para la integración del espacio audiovisual iberoamericano y europeo

Aida María de Vicente Domínguez: Aportaciones de la digitalización a las artes plásticas

Jaime García Cantero: Exposiciones y cibercultura

Laura Fernández: Prototipos colaborativos en la era digital

Ramón Zallo: Paradojas de la Cultura Digital

Javier Celaya: Escasa creación original, colaborativa, participativa

Tíscar Lara: Cómo reinventar la educación superior desde lo abierto

Cómo reinventar la educación superior desde lo abierto

Los procesos de globalización y digitalización están provocando cambios radicales en las formas de aprender y con ello también en las formas de certificar el conocimiento adquirido. En el marco de la Sociedad Red, caracterizada por un entorno de abundancia de información, de numerosas oportunidades para la interacción social y del aumento de dispositivos personales para la producción de conocimiento, se hace cada vez más difícil mantener los mismos sistemas formales de enseñanza estandarizada que fueron diseñados para un contexto sociohistórico más propio de la industrialización.

La web de lectoescritura o Web 2.0 ha demostrado que para aprender ciertas habilidades y adquirir determinados conocimientos no es imprescindible desarrollar un programa formal dentro de una institución educativa. Al contrario, Internet permite consultar una valiosa cantidad de contenidos, discutir con quienes tienen más experiencia en la temática y practicar en red con otras comunidades de interés.

En este sentido, movimientos como la educación expandida, el Edupunk o proyectos encarnados en organizaciones que nacen bajo nuevas legitimidades, como es la P2PUniversity, reconocen el valor de los aprendizajes no formales que emanan de procesos horizontales en ritmos de aprendizaje autogestionados en lo colectivo.

Todas estas dinámicas, no solo posibles sino reales, están cuestionando el rol de las instituciones de educación superior en su papel tradicional como intermediarias privilegiadas de la formación cualificada orientada al campo profesional. Esto se agrava aún más en una situación de crisis como la actual, en la que la distancia entre la formación especializada y las oportunidades de empleo se ha convertido en un verdadero abismo.

En cierta forma, este escenario nos podría llevar a concluir que las instituciones de educación superior son una víctima, por su propia irrelevancia, de las prácticas propias de ‘lo digital’. Sin embargo, lejos de colapsarse bajo su amenaza, Internet se les brinda como una oportunidad para reinventar su vínculo de pertenencia social a través de la facilitación de contextos para el libre desarrollo de experiencias de aprendizaje e investigación en red.

Para abordar esta transformación es imprescindible diseñar estrategias que incorporen la cultura digital alrededor de ‘lo abierto’ como eje principal, en tres direcciones: en la producción de conocimiento, en la interacción de las personas y en la facilitación de las tecnologías.

Los contenidos: abrir procesos de producción y difusión de conocimiento

La cultura digital bebe directamente de las comunidades del software libre y da un valor preeminente a la transparencia de los procesos por encima de los resultados. Trasladado al ámbito educativo, esta declaración de principios trata de convertir el aula en un laboratorio abierto a la experimentación y a la innovación, permitiendo la generación de nuevas ideas y proyectos apoyados en herramientas colaborativas de discusión en abierto como son los blogs y las wikis.

Las tecnologías son unas aliadas de los procesos de elaboración académica, pero requieren también de políticas activas de open data y open access para que los resultados de sus trabajos sean publicados con formatos y licencias que permitan su libre acceso y la reutilización por terceros. Con el objetivo de dar garantía jurídica a la liberación de ciertos derechos de autor, en los últimos años han surgido instrumentos flexibles como son las licencias Creative Commons, que se han convertido en el estándar más utilizado en el libre intercambio de conocimiento. Una referencia clásica de este tipo de proyectos es el OpenCourseWare iniciado por el MIT hace diez años y replicado internacionalmente en decenas de países a través de sus distintas universidades.

Las personas: interacciones sociales y trabajo colaborativo en red

El valor más importante de una institución de educación superior es la gestión de la experiencia de aprendizaje de las personas que intervienen en la relación formativa y que son fundamentalmente sus profesores y alumnos.

Incorporar la cultura digital desde las identidades digitales de los colectivos que se desarrollan profesionalmente en las instituciones supone trasladar actividad relevante a sus espacios virtuales más naturales, tomando la Red como el nuevo ágora global de encuentro, discusión y participación en abierto. Por tanto, la única forma de comprender la cultura digital y ser agente activo de la misma es incorporar estas dinámicas dentro de los procesos de trabajo de alumnos y profesores.

Capacitarles, acompañarles y visibilizarles en el desempeño de sus prácticas digitales debe de ser uno de los objetivos principales de toda escuela del siglo XXI. Esto necesita de un uso intensivo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), pero sobre todo de un ejercicio colectivo de los valores que componen la cultura digital, como son compartir información en abierto, reconocer los méritos del otro respetando sus contribuciones, aportar nuevas ideas a la inteligencia colectiva, participar en proyectos colaborativos, construir identidades digitales profesionales y ejercer un derecho a la comunicación responsable.

Tecnologías digitales: libres y móviles

Cuando hablamos de tecnologías dentro de un proyecto de cultura digital en una institución educativa no solo nos referimos a las herramientas digitales entendidas como sistemas de información, software y hardware con los que dotarse, sino que también estamos definiendo como tecnologías aquellos recursos que condicionan de alguna forma el desarrollo de las acciones formativas entre los contenidos como objetos y las personas como sujetos.

Hablamos, por tanto, de la importancia de dotarse de tecnologías libres, como son los sistemas de código abierto que permiten la autonomía y la innovación tecnológica, pero también de ampliar la mirada sobre la transformación necesaria en los diseños de los cursos, en su temporalidad, en la rigidez programática o en la arquitectura de las aulas como espacios de creatividad.

EOI 2020: un proyecto de integración de cultura digital

En la Escuela de Organización Industrial (EOI) nos hemos marcado los principios de la cultura digital como fundamentos del Plan Estratégico EOI 2020, que define su metodología como escuela abierta, digital y colaborativa. Así, desde 2009 se han puesto en marcha varios proyectos transversales tanto en el ámbito de los contenidos (repositorios open access en software libre, publicaciones con licencias Creative Commons, incorporación de blogs de alumnos, diseño curricular por proyectos, clases abiertas por streaming, etc.), como en la participación de sus comunidades (fomento de identidades digitales de visibilidad profesional, tablones digitales para crowdsourcing y conversaciones abiertas en redes sociales con alumni) y en la canalización de su interacción a través de tecnologías libres y móviles que rompen el aula y expanden la experiencia de aprendizaje más allá de sus límites espacio-temporales (mobile learning con tablets Android).

Todo este despliegue de proyectos tiene como objetivo formar profesionales digitales que incorporen la cultura de la horizontalidad, la colaboración, la interacción, la innovación y la solidaridad en sus dinámicas de trabajo. Aprender haciendo, aprender del error, aprender durante toda la vida, aprender comunicando y aprender en comunidad son las únicas formas posibles para dar respuesta a los retos del siglo XXI. Solo con personas digitales que piensen y actúen con los valores de la cultura digital podemos construir una economía digital y, por tanto, una sociedad digital más abierta y sostenible.

Alfabetizar en la cultura digital

Este artículo es el preprint original que escribí en 2008 y fue publicado en 2009 en el libro colectivo La competencia digital en el área de Lengua, Editorial Octaedro, Madrid 2009 donde también participaron otros autores como Felipe Zayas, Néstor Alonso Arrukero y Eduardo Larequi.

A continuación se ofrece el texto completo del artículo en formato HTML (también disponible en PDF y en Slideshare).

 

ALFABETIZAR EN LA CULTURA DIGITAL

Tíscar Lara

Introducción

1. La alfabetización digital. Hacia el enfoque comunicativo

2. Contexto tecnosocial. Tecnologías digitales y prácticas discursivas

3. Los jóvenes en la Red: información, comunicación y produccion multimedia

4. La competencia digital en la escuela. Alfabetizar a los nativos digitales

5. Conclusiones. Aprender haciendo

 

El tratamiento de la información y la competencia digital implican ser una persona autónoma, eficaz, responsable, crítica y reflexiva al seleccionar, tratar y utilizar la información y sus fuentes, así como las distintas herramientas tecnológicas; también tener una actitud crítica y reflexiva en la valoración de la información disponible, contrastándola cuando es necesario, y respetar las normas de conducta acordadas socialmente para regular el uso de la información y sus fuentes en los distintos soportes” (Decreto sobre Enseñanzas mínimas, BOE 5 de enero de 2006)

 

Introducción

Las tecnologías de la información y la comunicación se han instalado en nuestros usos cotidianos y afectan a las relaciones de los diversos ámbitos de nuestra vida: en el espacio laboral, en el plano social y personal, en el entretenimiento, y también en la educación. Las TIC son en parte responsables y protagonistas de la transformación de la Sociedad de la Información en que nos hallamos insertos, de tal manera que toda nuestra actividad social y cultural está mediatizada por este tipo de tecnologías.

Cada nueva tecnología de la información y la comunicación desarrollada por el hombre acaba por modificar la forma en que estructura y procesa su pensamiento. Los productos que resultan de esas tecnologías reflejan a su vez esas formas de pensar y de mirar al mundo. El libro por ejemplo es el artefacto cultural que mejor representa la forma de pensamiento secuencial en que hemos sido socializados y educados en la sociedad industrial. La Sociedad de la Información, por su parte, está generando también sus propios artefactos tecnológicos para el procesamiento de la memoria y la construcción colectiva de conocimiento.

La irrupción de la tecnología digital, asociada a la conexión de dispositivos móviles multimedia y el desarrollo de las redes telemáticas han generado nuevas formas de acceder, construir y comunicar el conocimiento. El lenguaje digital, con sus propiedades de hipertextualidad, interactividad y multimedialidad, combinadas con la conectividad y movildiad, permiten la construcción de narrativas antes inimaginables a través de la fragmentación de los contenidos, la actualización constante de información y la interacción entre múltiples actores del proceso comunicativo.

Autores de relevancia dentro del mundo digital como Nicholas Carr1 se han mostrado pesimistas ante las competencias que, a su juicio, se están perdiendo por la utilización de las TIC. En concreto, Carr se refiere a la capacidad de leer con profundidad y concentración textos de una considerable extensión. Su observación coincide con el estudio realizado por la consultora Nielsen en 2008 donde se indica que los usuarios apenas continúan leyendo un texto en pantalla más allá de las primeras 200 palabras2. Efectivamente, ambas interpretaciones confirman que se ha modificado la forma de leer y en consecuencia también de escribir –probablemente más diversificada y superficial- pero eso no quiere decir que se lea o se escriba menos que antes de la irrupción de las TIC.

En realidad sucede lo contrario: se lee y se escribe más que nunca, pero en distintos soportes, en distintos contextos y en distintos lenguajes puesto que la lecto-escritura es cada vez más multimedia. Las competencias comunicativas que requieren estos nuevos entornos requieren de la adaptación de competencias tradicionales como es el análisis crítico de la información, pero también su combinación con el ejercicio de nuevas destrezas que se están desarrollando en el uso de las TIC en red, entre ellas por ejemplo el trabajo en equipo y las destrezas de multitarea.

Nuestros jóvenes están experimentando de forma natural lo que supone relacionarse en Red a través del uso intensivo de dispositivos digitales y de las aplicaciones web: telefonía móvil, redes sociales, mensajería instantánea, fotologs, vídeos online, etc. Sin embargo, ese aprendizaje informal no es garantía de una alfabetización suficiente para desenvolverse como ciudadanos, consumidores y productores de conocimiento en la Sociedad de la Información. Numerosos estudios demuestran su facilidad para manejar tecnologías y dispositivos, pero al mismo tiempo reflejan cierta dificultad para gestionar información de diversa naturaleza, así como para tener experiencias más satisfactorias en torno a sus prácticas digitales en conceptos como la evaluación de credibilidad, la construcción de identidad y la gestión de privacidad. Ahí es donde, de una manera específica y sistemática, la educación formal puede colaborar introduciendo habilidades de competencia digital que ayuden a los jóvenes a desenvolverse y generar sentido del entorno tecnosocial en el que viven.

Seguir leyendo Alfabetizar en la cultura digital