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Mobile learning = aprender a vivir conectados

Estoy preparando una ponencia sobre mobile learning para un encuentro de profesores en Zaragoza el mes que viene y esto me lleva a pensar sobre qué ha cambiado en estos diez años en los que venimos trabajando con el concepto.

Foto de Stanley Kubrick de una serie que hizo en el metro de Nueva York en 1946. Una paralelismo entre las imágenes de

Sin duda el entorno no es el mismo, la penetración de los dispositivos móviles a nivel doméstico ha arrasado en el mundo. Ya no es diferencial estar conectado y el BYOD o bring your own device ya no es una solución creativa a la falta de dotación institucional sino más bien lo esperado por cotidiano. La pregunta clave es si aquella propuesta de mobile learning, su esencia sobre lo que implica de aprendizaje autónomo, abierto, digital, colaborativo y creativo, se ha consolidado de algún modo en este tiempo. Bien es cierto que los avances nunca son lineales y se escriben con renglones torcidos. También lo es que tengo la mirada sesgada por la nostalgia de quien lo ha vivido y defendido con pasión. En cualquier caso, son muchos los fenómenos que han tenido lugar en esta última década y que condicionan el mundo hiperconectado en el que vivimos, que es el mismo mundo hiperconectado en el que aprendemos.

Por un lado, al acceso a la conectividad móvil por medio de dispositivos personales se ha sumado el gran crecimiento de usuarios y usos de las redes sociales, así como de la tecnología de comunicación que soporta el intercambio de contenidos. Todo ello es lo que subyace detrás de formatos impensables hace diez años como son los MOOC o de la naturalidad con la que hacemos una videoconferencia de WhatsApp desde la calle.

¿Dónde estamos ahora cuando miramos hacia el aula? ¿Qué hay del mobile learning?

Por un lado, su invisibilidad puede ser una buena noticia pues en cierta forma denota que se ha incorporado como natural usar esta tecnología tan cotidiana para el uso educativo. Pero por otro, tengo la sensación de que hemos pasado del desconocimiento al miedo, del no uso al abuso, y lo que es peor, sin que haya intermediado un uso crítico y creativo de esta tecnología. Sobre todo cuando vemos las últimas noticias que nos llegan sobre esta cuestión como es el instituto de Lleida donde prohiben el uso del móvil en el patio o de la propia Francia que quiere prohibir por ley el uso de los móviles en todos los centros.

Se esgrimen como causas la adicción que generan estos dispositivos, la distracción y el riesgo de aislamiento que producen. Todos esos riesgos son ciertos. Sin embargo, ignorar el problema o intentar que no entre por las puertas del colegio para así autoconvencernos de que no existe tampoco es la solución. Sin duda, necesitamos una Escuela valiente que tome como urgentes este tipo de problemáticas y las aborde dentro de sus muros.

Aprender a conectar y hacerlo de una forma productiva es tan importante como aprender a desconectar (una competencia digital implícita que cada vez se pone más de manifiesto como habilidad a entrenar). Hace precisamente diez años que David Silver presentó en el congreso que compartimos en Copenhague su proyecto “Log off before you blog off” en el que trabajaba con sus estudiantes universitarios la desconexión a través de una convivencia en el campo que servía de punto de inspiración para bloguear posteriormente las reflexiones de esa experiencia unplugged y fantasear con lo que suponía la desaparición digital. Entonces apenas usábamos Facebook o Twitter. El blog ya nos parecía la súper conectividad y parecía merecer de una dieta detox de vez en cuando. Qué ingenuos.

Es el momento de la calma

Entre tanto like y tanta notificación, es momento de la calma, de calmar las emociones y atemperar los gestos, de calmar la educación como promueven los amigos de la Asociación de Educación Abierta y de apoyar la tecnología que nos ayude a perseguir esa calma (las Calm Technologies de las que habla Amber Case en la Revista Telos). Como indica Case en esa entrevista:

“Podemos mirar el movimiento Time Well Spent para recibir consejo sobre cómo desarrollar relaciones más fructíferas con nuestra tecnología. Podemos instalar complementos para el navegador Chrome como Inbox When Ready y poner nuestros teléfonos en modo avión para poder elegir cuándo interactuar con ellos. Yo recomendaría por lo menos desconectar las notificaciones de tu teléfono. ¡Realmente ayuda!”

¿Tecnología en el aula o tecnología para la vida?

Vivimos en el gran mantra de “la integración de la tecnología en el aula” como si eso fuera de por sí la solución a todos los problemas de nuestra realidad educativa. Sobredotar de tecnología el aula sin más no solo no es la respuesta sino que puede acrecentar las dificultades. Pero paremos un momento, ¿qué tecnología? ¿por qué y para qué?

Y así, mientras la Escuela se pierde aún en cómo “introducirla” , los alumnos ya disponen de tecnología de consumo a su alrededor mientras se da la paradoja de que no es bienvenida en el aula.

Una cosa está clara: la tecnología es parte de nuestras vidas, las ensanchan y al mismo tiempo generan sus propias complejidades. Educar para la vida es la misión de la Escuela y la que tenemos, nos guste más o menos, es una vida con tecnología con sus luces y sombras. Ignorarla no es una opción, pero adoptarla sin espíritu crítico tampoco.

Cristóbal Cobo
Cristóbal Cobo en un encuentro de Educación Abierta

El martes me invitaron a un encuentro de la Asociación Abierta en la que pude reencontrarme con un viejo amigo, Cristóbal Cobo, y conocer más de cerca su perspectiva sobre la Innovación Pendiente (título de su libro, de libre descarga). Según le escuchaba, me invadía cierta melancolía sobre lo pendiente que acarreamos en esta última década. A menudo percibo debates que resuenan a lugares comunes, a viejas retóricas. La tecnología por aquí, la tecnología por allá. ¿Y si fuera el momento de empezar a desplazarla del discurso para que no acaparen todos los focos y nublen el fondo de la cuestión?

Es el momento de centrarnos en lo que verdaderamente importa: para qué educar, qué queremos que vivan, sientan y desarrollen las personas en la sociedad contemporánea (una sociedad altamente mediada por la tecnología, sin duda). Qué quieren ellas, qué necesitan para vivir plenamente, con libertad y responsabilidad en la sociedad actual. Qué habilidades, qué forma de pensamiento se requieren para transformar la sociedad, para dirigir nuestro futuro… Por supuesto, con tecnología, la que debemos cuestionar, crear y adaptar para esos fines, pero con mucho más: autonomía, pensamiento crítico, capacidad creativa, espíritu innovador, sensibilidad, etc. Me temo que hablamos poco sobre esto último.

¿Por dónde empezar?

Si nos fijamos en cuáles son los usos más frecuentes de las tecnologías de información y comunicación por parte de los menores, nos encontraremos que coinciden en tres: buscar información, comunicarse con otras personas e intercambiar contenidos. Esos tres usos requieren destrezas y habilidades que tengan en cuenta las capacidades de empoderamiento que ofrecen pero sin perder de vista los riesgos que llevan aparejados en cuanto a temas como son la veracidad de la información que se obtiene, la protección de la privacidad y el respeto creador al copyright.

Entrenar en estos tres ámbitos resulta urgente, especialmente los dos primeros por los daños que pueden acarrear, más aún en una tendencia creciente de la infoxicación (términos como el de postverdad se consolidan al ritmo de las noticias falsas en la red) y en la proliferación de la exposición íntima en las redes sociales (con los abusos de acoso que se ven a menores).

¿Qué puede hacer la Escuela con todo esto? Abordar la tecnología y todas sus implicaciones como un objeto de estudio, para incorporar prácticas SOBRE la tecnología y CON tecnología enfocadas con sentido crítico: discutiendo sus consecuencias y explorando sus oportunidades. El currículo no acaba de adaptarse a estas necesidades educativas y los profesores se enfrentan al reto de incorporar estos aprendizajes desde el sentido común y la colaboración estrecha con sus alumnos. Hay un gran número de modelos sobre competencia digital y mediática que ayudan a ordenar estas prácticas. Hay poco espacio de aula para acogerlas. Sin duda, una educación pendiente.

 

Qué entender por alfabetización digital #ELNcov

Hoy es el Día de la Alfabetización según la UNESCO y prácticamente acabo de volver de participar en el seminario “Assessing Digital Literacy Skills in a Digital World” (en twitter #ELNcov) que se ha celebrado esta semana en el Disruptive Media Learning Lab de la Universidad de Coventry, en el Reino Unido. Tres días de debates, exposiciones e intercambios de experiencias con investigadores de universidades de países como Grecia, Canadá, Reino Unido, Portugal o Rumanía.

digital-literacies-coventryEntre las conclusiones que traigo en la maleta está constatar el múltiple abanico de terminologías que existen en este campo y el hecho de que no haya a corto plazo vías de síntesis en ello. Tenemos versiones, y académicos defendiéndolas, de todos los tipos: en plural, en singular, con prefijos, con sinónimos, con apellidos, etc. Y así nos encontramos “multimedia/polymedia/transmedia/informational/media…” para el adjetivo y “literacy(ies)/capabilities/skills/competences…” para lo sustantivo, con la paradoja de que cuando nos ponemos a hablar de qué significa cada cosa para cada uno de nosotros resulta que hablamos prácticamente de lo mismo con el coste que supone el esfuerzo constante por resemantizar nuestra elección.

No parece que los organismos internacionales vayan a hacer mucho más por converger opciones. Miramos hacia ellos buscando la solución, pero hasta el momento no hay una voz con capacidad para marcar un camino de vocablos comunes. Y lo más paradójico es que probablemente eso sea lo mejor, huir de dogmatismos, aunque resulte tan confuso como agotador. La Unión Europea avanza en sus “digital competences” con el DIGCOMP 2.0 y su reciente evolución al DIGCOMP 2.1, un marco que pretende dar respuesta a las necesidades funcionales del día a día de cualquier ciudadano, mientras que la UNESCO se esfuerza por separar lo “multimedia” de lo “informacional” mientras que el JISC (organismo para la Educación Superior en UK) dibuja sus propias cosmovisiones de lo que entiende que debe tener alguien “letrado” en lo digital hoy.

JISC-digital-capability-model-wide
Modelo JISC

Tomando como base todos estos modelos hemos querido señalar la importancia de reforzar la alfabetización mediática como uno de los pilares indispensables de la alfabetización digital por el auge de la infoxicación, la institucionalización de las fakes news, la postverdad y la viralidad que ejercen las redes sociales en la construcción de una opinión pública que termina votando.

La pregunta es “¿para qué queremos ciudadanos alfabetizados digitalmente?”, ¿para que sepan operar en banca online?, ¿para que sepan protegerse con antivirus?… Citando un libro seminal de los años 50 “The uses of literacy” del que fuera en cierta forma precursor de los Estudios Culturales, Richard Hoggart, el profesor Julian McDougall nos provocaba con la idea de presentar a los simpatizantes del ISIS como altamente competentes digitales por cómo se comunican a través de mensajes multimedia. Muchos de ellos pasarían un test de competencia digital de alguno de estos modelos que priman lo operativo e ignoran el pensamiento crítico y la justicia social. ¿Es esa la alfabetización digital que queremos?

Parece pues crítico recuperar la tradición de la investigación aportada por esos estudios culturales que situaban la dimensión política y crítica de los medios de comunicación. Traducido a nuestras necesidades de hoy, estaríamos hablando de entrenar el pensamiento crítico (consumidores con estrategias y herramientas para construir un criterio propio), potenciar la producción creativa (pasar de consumidores pasivos a creadores de cultura con discursos y narrativas propias) e intervenir en la sociedad en base a valores de participación democrática.

Sintetizado en la secuencia Acceso, Interacción y Participación propuesta por Nico Carpentier, la doctoranda belga Lara Burton nos presentó un modelo que incluye además la acción de “Ratificar” (Denouël, 2012) como un paso intermedio entre consumir y producir, para referirse a lo que hacemos en medios sociales al retuitear o compartir una información: no es solo consumo ni es estrictamente producción propia, pero sí hay cierta creación, responsabilidad y autoría en el apoyo que se da a la idea, comentario o contenido de un tercero.

Por último, después de un amplio debate sobre qué es lo digital y hasta dónde llega su alcance, el seminario ha tenido un fuerte foco en la evaluación, en cómo medir, observar y tener un mayor acercamiento a lo que definamos como persona competente digital. De igual manera trabajamos, comparamos y analizamos de forma crítica estos diferentes marcos para llegar a la conclusión de que no hay una única fórmula correcta y de que como docentes o investigadores debemos construir nuestros propios instrumentos en función de los grupos, el contexto, los objetivos, etc. con los que trabajemos. En esta línea presenté el modelo mobile learning que hace más de ocho años pusimos en marcha en EOI y del que he hablado en varias ocasiones en este blog.

10 claves para trabajar las TIC en educación

logo-edulandEn septiembre participé en un Webinar en la red educativa Eduland explorando 10 claves para animar al profesorado a trabajar con las TIC:

 

1. CON BRÚJULAS Y MAPAS
2. CON CONTENIDOS
3. EXPERIMENTANDO
4. POR PROYECTOS
5. EN ABIERTO
6. COMPARTIENDO SABERES
7. EN COMUNIDADES
8. POCO A POCO
9. EMPRENDIENDO EL CAMINO
10. EN RED

En el siguiente vídeo intento trasladar en 15 minutos qué es lo que podemos entender por cada una de ellas:

Descatalogados: el futuro del libro digital

Con la llegada de Internet y con ella Amazon, la lectura en pantalla o la Digital Public Library of America, ¿cuál es el futuro de los autores, la autoedición, las librerías físicas o la obsolescencia tecnológica?

De estos temas hablan en el documental Descatalogados que hace unos días emitió Documentos TV y que recomiendo ver para una aproximación a los efectos de la digitalización en el mundo del libro.