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Memoria gráfica y mudanzas digitales

Nora va a hacer dos años dentro de poco y un terabyte de información. Si ya tenía cierta tendencia a ser un Diógenes digital con mis archivos de trabajos de universidad, artículos, borradores, clases, conferencias, fotos de viajes, etc. la llegada de un bebé ha desbordado todas mis capacidades de preservación digital en esta época de incontinencia móvil.

No tenemos remedio, acumulamos y acumulamos sin parar. Entre el “porsiacaso” y que borrar parece un crimen, se nos van llenando los discos duros y nunca volvemos sobre el material porque ya estamos a punto de hacer la siguiente foto, el siguiente vídeo.

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En mi vida digital he pasado por muchas mudanzas de soportes, copiando de aquí a allá hasta la siguiente obsolescencia programada. De los discos de 5 y cuarto del primer IBM Activa a los de 3 y medio con los que hice la carrera, de los CDs y DVDs sin posibilidad de regrabado del comienzo de mi carrera profesional a los ZIP. Y así pasando por las cintas de vídeo de 8mm de la adolescencia, los Betacam con mis proyectos en la escuela de Cine y TV de UCLA que nunca tuve dónde reproducir por la incompatibilidad de sistemas NTSC y PAL, las diapositivas de los viajes, los miniDV con los que hacía prácticas con mis alumnos en la Carlos III, las cintas de audio con entrevistas de la tesis…

Por no hablar de los reproductores que se han ido quedando por el camino. En este caso, un bebé también es una buena excusa para desprenderse sin demasiadas contemplaciones emocionales. Con más de 8 meses de embarazo y ante la necesidad urgente de hacer hueco en casa, vendí los reproductores de DVD y VHS en un Cash-converter (30€, no me llegó ni para el taxi). Había que sacrificarlos: años sin uso y mucho tiempo con el ordenador conectado a la televisión a falta de smartv. Atrás quedaron también películas VHS que acabamos donando y DVDs que se libraron por el momento de la quema y están en casa de los abuelos, donde no hay fibra y por si algún día nos apetece ver una película offline (o hasta que se llene el desván y haya que empezar un nuevo desapego).

Y así, me pregunto si no necesitaremos de más espacios públicos donde disponer de viejos reproductores, como el RePlay que construimos en Medialab hace años para rescatar imágenes del olvido e incluso un proyecto de gran Biblioteca Nacional de la memoria doméstica para almacenar la cotidianidad gráfica del día a día

 

Píldoras para emprender

En mi baúl de posts pendientes, más bien llamados post-Nora pues esta ausencia digital se debe a sus primeros meses de vida, se encuentra rescatar el libro “Píldoras para emprender” que se presentó en la Feria del Libro de Madrid de este año y en el que EOI colabora con un capítulo. En él se recogen gran parte de las píldoras audiovisuales que hemos ido emitiendo en el programa Emprende de TVE y que de forma resumida se ven en estos vídeos:

Descatalogados: el futuro del libro digital

Con la llegada de Internet y con ella Amazon, la lectura en pantalla o la Digital Public Library of America, ¿cuál es el futuro de los autores, la autoedición, las librerías físicas o la obsolescencia tecnológica?

De estos temas hablan en el documental Descatalogados que hace unos días emitió Documentos TV y que recomiendo ver para una aproximación a los efectos de la digitalización en el mundo del libro.

Subvertising o contrapublicidad, una forma de pedagogía crítica

Subvertising o contrapublicidad es la técnica que utiliza los propios códigos de la publicidad para generar mensajes críticos con los valores que difunde a través de los medios de comunicación. El último programa de Metrópolis, el espacio cultural de La 2 que lleva casi 30 años en antena, dedicó su espacio precisamente a este tema con intervenciones como la de Implicate.org, una agencia especializada en el subvertising.

En varias ocasiones hemos hablado sobre el potencial de la contrapublicidad para su aprovechamiento educativo, una línea de trabajo habitual en los proyectos de educación mediática, educomunicación, media literacy o los muchos nombres con los que se conoce a este campo de conocimiento y práctica. Colectivos como Adbusters, The Yes Men o Consumehastamorir nos han dejado buenos ejemplos para trabajar la pedagogía crítica de la comunicación o, como decía Fontcuberta en la Escuela de Educación Disruptiva, en inocular mentiras en las dosis adecuadas para generar defensas en modo de anticuerpos.

Actualización 30-5-2014: Incluyo este enlace a 40 campañas de concienciación social que he visto en este blog de ELE donde se recomienda una práctica de subvertising a los alumnos.

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Crowdsourcing: cultura compartida

Anuario AC/E Cultura DigitalEste artículo forma parte del Anuario AC/E de Cultura Digital 2014 publicado por Acción Cultural Española y que está disponible para descarga en formatos ePub (inglés y español) y PDF (inglés y español).

En este texto hago un recorrido por las manifestaciones de crowdsourcing, entre ellas el crowdfunding, aplicadas al ámbito cultural: arte, museos, bibliotecas, etc. Se exploran las claves de éxito de un proyecto de crowdsourcing, así como sus principales dilemas y la emergencia del consumo colaborativo como una práctica cultural en sí misma.  

Cultura participativa en red

La capacidad de compartir toda experiencia cotidiana a través de los dispositivos móviles y las redes sociales ha desembarcado también en nuevas formas de consumo cultural, mezclando los códigos de profesionales y amateurs, y modificando para siempre el significado de un evento musical o de una visita a un museo.

Vivir la experiencia no es suficiente si no se puede decir en tiempo real que se está viviendo y decirlo no solo a los grupos más cercanos, sino también a otros públicos desconocidos y potencialmente masivos. Hoy es difícil imaginar un programa de televisión o una exposición que no tenga en su esquina una etiqueta o hashtag apelando al comentario en redes, esa llamada a la acción que nos conecta en un segundo con todo el flujo social que comparte experiencia con nosotros a la distancia de un clic. La fuerza de la capacidad de viralización que tiene Internet a través de los contenidos que circulan, la contaminación de ideas y las producciones de los usuarios sobre las mismas componen lo que Delia Rodríguez (2013) ha denominado recientemente “memecracia” y que define como nueva revolución social.

Este conjunto de nuevas herramientas para la colaboración en red ha dado lugar a un comportamiento entre los usuarios que el investigador norteamericano Henry Jenkins nombró ya hace unos años como “cultura participativa” bajo las siguientes características:

  1. Apenas impone barreras a la expresión artística y al compromiso cívico.
  2. Se percibe un fuerte apoyo para crear y compartir las creaciones personales con los demás.
  3. Se ofrece cierto tipo de tutoría informal por la cual aquello que es conocido por el más experto es transferido a los más novatos.
  4. Los miembros creen en que sus contribuciones son valoradas.
  5. Los miembros sienten algún tipo de conexión social entre ellos (donde al menos se toma en cuenta lo que otras personas piensan sobre lo que han creado).
  6. No todos los miembros deben aportar, pero al menos todos se sienten libres para contribuir cuando estén preparados, con la confianza de que su contribución será valorada apropiadamente.

Por su parte, Isaac Mao habla del término Sharism o Arte de Compartir para referirse a la cultura participativa desde otra óptica. Para Mao, se trata de un estado mental que nos empuja a compartir conocimiento a través de una propiedad innata de nuestro cerebro que está siempre dispuesta a establecer relaciones neuronales y a participar de procesos creativos:

“Cuanto más abiertas y fuertemente conectadas estén nuestras neuronas, mejor será el entorno colaborativo para todo el mundo. Cuanto más colectiva sea nuestra inteligencia, más inteligentes serán nuestras acciones. La gente siempre ha encontrado las mejores soluciones a través de las conversaciones. Ahora podemos conectarlas todas online” (Isaac Mao). 

¿Qué es el crowdsourcing?

Para responder a esta pregunta comenzaremos por una fuente que no ha sido contrastada, no tiene un autor reconocido y, sin embargo, se identifica como una de las referencias de consulta más útiles en la actualidad. No está avalada por una gran institución académica ni garantiza un sistema de revisión continuo realizado por expertos. Por el contrario, tiene millones de colaboradores, que no son reclutados en base a criterio alguno, pero que se sienten motivados a contribuir, mejorar y filtrar su contenido sin que medie ningún tipo de retribución. Estamos hablando de Wikipedia, un experimento que apenas echó a andar mientras las Torres Gemelas caían y que sirve, junto a este acontecimiento de la globalización, para inaugurar el siglo XXI. En su caso, el cambio de era de la Web catálogo a la Web de lectoescritura o Web social.

La Wikipedia es, sin duda, el mayor exponente de lo que denominamos como crowdsourcing. En su propias páginas encontramos la definición que ha sido consensuada en su comunidad:

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