Desaparecer, la nueva fantasía digital

Tanto tiempo diseccionando los componentes de una alfabetización digital integral, multimedia, crítica y creativa, y resulta que apenas percibíamos un elemento tan importante como la conectividad: vivir la desconexión.

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Cada vez surgen más voces que llaman la atención sobre esta cualidad, pero no ya desde el punto de vista apocalíptico que tiñó los primeros años 2.0 con discursos que veían en la tecnología puro aislamiento social, sino como una destreza que interesa ejercitar para ser capaces de desconectar con intención y voluntad, cuando y como queramos. Precisamente para volver a conectar con intención y voluntad, cuando y como queramos. Ahí la clave.

Interesa ejercitarla por la propia sensación de presión que se puede sufrir al experimentar la tecnología ubicua, conectada y constantemente emisora de nuestro devenir personal. Todos conocemos personas que reaccionan con miedo o se sienten completamente sobrepasados, sin capacidad de control sobre sus vidas digitales. Precisamente Karelia Vázquez escribe hoy en El País Semanal el artículo “Largarse de las redes sociales”.

Qué significa la intimidad, la propiedad, la originalidad, la amistad y la privacidad en tiempos de Facebook no parece ser lo mismo que hace décadas. No es lo mismo para los más jóvenes y no es lo mismo para los más mayores. Como no lo es tampoco la forma de protegerlas o de intercambiarlas como memoria y valor social.

Borrarse de Facebook y de Twitter probablemente sea la respuesta equivocada. Pero ¿cuál es la pregunta? ¿Cómo tomar control de la situación? ¿Cómo ecualizar la propia vida, la intensidad de lo que se ofrece y de lo que se obtiene, de lo que se comparte y de lo que germina, del ser y estar digital?

Ese “Cómo” es parte de la competencia digital que debemos desarrollar, aprender a ser capaces de aprovechar el potencial que nos ofrece estar conectados y aprender a tomar control sobre nuestro propio discurrir online desenchufándonos cuando así lo deseemos.

Alguien que trabaja de forma explícita esta competencia con sus alumnos es David Silver, profesor de Digital Literacy y Green Media en la Universidad de San Francisco. Coincidí con él en el Congreso de AoIR, la Asociación de Investigadores de Internet, que se celebró en Copenhague en 2008. Allí David ya presentóalgunos de los trabajos del proyecto “Log off before you blog off”, donde pide a sus alumnos que se desconecten de toda tecnología multimedia para centrarse en las experiencias analógicas, experiencias que normalmente requieren de trabajo manual, en grupo y en contacto con la naturaleza, para más tarde volver al blog, documentarlo y reflexionar sobre ello. En sus propias palabras, “es muy importante decir públicamente, y decirlo públicamente en conferencias repletas de investigadores de internet, que pasamos, y nuestros alumnos también, demasiado tiempo online y conectados. Necesitamos salir y desconectarnos más frecuentemente”.

Los trabajos más recientes de David Silver en esta línea se pueden ver en este vídeo (a partir del minuto 7) o a través de su blog:

David Silver on “Digital Natives” on a Media Fast from BayNet Webmaster on Vimeo.

Escribir, publicar, de forma frecuente, es un estado en sí mismo. Se hace y ya está. Tiene su propio ritmo. Pero si un día se para por alguna circunstancia, el flujo se rompe, cada día que pasa se hace más difícil retomarlo. Yo misma, que creo tener cierto control sobre mi identidad digital y mi grado de exposición pública, confieso tener a veces la fantasía de desaparecer, de caer en la estética de los suicidios colectivos o de simplemente irme silenciosamente un día y no volver. Siempre me ha inquietado mucho todo lo referente a la muerte digital, a esos blogs sin dueño, a esas claves que se van a la tumba.  Siempre me ha angustiado pensar en que se borrarían mis identidades digitales distribuidas por tantas cuentas y, por otro lado, reconozco que la idea tiene algo de seductora y a veces incluso liberadora. ¿Qué pasaría? Todo y nada. Como Sísifo, volveríamos a empezar. Porque somos seres sociales.

19 pensamientos sobre “Desaparecer, la nueva fantasía digital”

  1. Hemos vivido un largo camino de utopías cinematográficas y novelescas que nos ha enseñado que estar conectados hace prevalecer el bien común, la armonía y la simbiosis, trabajando por un mismo objetivo. Todos ellos valores deseables en los tiempos que corren.
    En el cine, no existe una sola civilización extraterrestre que pretenda invadir nuestro planeta que no sea capaz de compartir el conocimiento o practique la telepatía. Por otro lado, según parece ser refutado por prestigiosos estudios, existen comunidades hiperconectadas en la naturaleza que comparten vínculos y destino. Masas ingentes de árboles o los panales de abejas son algunos ejemplos de lo que parecen ser estas sociedades conectadas. Por no nombrar ese vínculo mágico que esgrimen los habitantes de Pandora en la película Avatar (James Cameron; 2009), que a modo de mágicos USB permiten entenderse a las diferentes especies del planeta sin necesidad de protocolos, https, dns y milongas variadas.
    Nosotros como especie también hemos decidido mantenernos conectados, por ello desde lo más remoto de los tiempos vivimos en sociedades, más o menos desarrolladas, que nos facilitan el acceso a diferentes servicios. A falta de un USB “pandoriano” nos hemos dotado de diferentes armas, como el lenguaje que, sin ser universal, normalmente sirve en un ámbito geográfico amplio. Para aumentar su nivel de alcance inventamos medios que permitían, tras un paso previo de codificación, llegar a muchas más personas. La evolución final, en la actualidad, de todo esto es Internet y hasta que no contemos con otras formas de comunicación deberemos amoldarnos a lo existente.
    Está bien desconectarse igual que está bien retirarse una semana de vacaciones a un lugar apartado, meditar y tener tiempo para dedicárselo a uno mismo. Salir del estrés, volver a ser tú para entregar más valor a la sociedad conectada y a tu entorno analógico. Hasta aquí nada nuevo. Pero es esa sociedad que en su búsqueda de la constante mejora ha confundido progreso y obligación, equiparando en muchas situaciones ambos en el nivel personal. Esto se entiende mucho más fácilmente si tomamos como ejemplo a un jefe de personal –hoy es director de RRHH– que al leer un currículo observa la ausencia de enlaces a redes sociales, blogs o emails. ¿Cómo calificaría al candidato? Seguramente, cuando menos le resultaría muy llamativo.
    Así que nos encontramos con esta doble faceta difícil de resolver, aunque parece que, esos entes extraños llamados corporaciones, fondos de inversión, marcas y mercados, han encontrado en el ser humano un punto flaco: el amor por la novedad y la actualización –dando un paso más lo que Jenkins denomina “marcas amor”–. De tal forma que el invento que nos sirvió para extender nuestras comunidades más allá del grupo de apareamiento de los primeros homínidos, es decir, el lenguaje, se ha vuelto en nuestra contra a base de terminología trending topic y reformulación eufemística de términos más o menos manidos.
    Sin que este comentario termine también a modo de tópico, necesitamos estar conectados y relacionarnos socialmente, aunque las relaciones virtuales sean más débiles y los movimientos sociales no lleguen más allá del teclado, aunque solamente sea para ponerle la zancadilla al vecino. Solamente deseamos que los debates en torno a la regulación y norma sobre Internet no acaben con el usuario perjudicado en pro de los alegatos de vigilancia más o menos escrupulosa o la persecución del delito, terminando por beneficiar, como siempre, a esos entes extraños que fluyen bajo el aséptico concepto de mercado. Pero no nos desanimemos, para todo hay solución: suicidio 2.0
    PD_he incluido varios links pero parece que no se han pegado en el texto. Adjuntaré el documento en el mail de la UNED, asignatura Convergencia de Contenidos
    Un saludo

  2. Martha y Ash son una joven pareja que se muda a una casa aislada en el campo. Ash es un adicto a las redes sociales y comprueba constantemente su teléfono para ver si hay actualizaciones en sus páginas de las redes sociales. El día después de mudarse a la nueva casa, Ash muere en un accidente de tráfico al ir a devolver la furgoneta de alquiler.

    En el funeral, la amiga de Martha, Sarah le habla de un nuevo servicio online que permite a las personas mantenerse en contacto con los difuntos. Mediante el uso de todas sus conversaciones anteriores online y sus perfiles en las redes sociales, un nuevo Ash se puede crear de forma virtual…

    Así comienza la trama de uno de los capítulos de la reconocida serie ‘Black Mirror’. Cuando nuestro corazón deja de latir para siempre, ¿qué queda? En los últimos años, la respuesta es clara: nuestra huella digital. El usuario se apaga, pero sus publicaciones, comentarios, tuits y etiquetados permanecen. Y, como en el citado capítulo de ficción, nuestro comportamiento en el pasado es suficiente como para conformar nuestro yo del futuro sin ser necesaria nuestra existencia. Es el rastro indeleble que dejamos con nuestro uso de las redes sociales.

    Todo lo que hacemos en facebook, twitter y cualquier otra red social deja rastro. Es muy fácil crearse una cuenta, configurar un avatar o habilitar un perfil, pero resulta harto complicado pretender limpiar cualquier huella si esas fueran nuestras intenciones y burlar a buscadores como Google. Ahora bien, ¿es el ‘suicidio’ digital la mejor solución para abandonar la red de redes?

    Una gestión estratégica de nuestra identidad 2.0 nos permite ajustar nuestra presencia virtual a lo que realmente esperamos de las redes sociales e Internet y a no tener que adoptar decisiones salomónicas. No se trata únicamente de estar, sino de saber estar. Y ya sea por motivos sociales o profesionales, nuestra huella digital debe asemejarse a lo que queremos que sea en todo momento.

    Saludos,

  3. “Hay mucho de realidad en lo virtual, y mucho de virtualidad en lo real”: es una de las conclusiones a la que llegó Paul Miller, redactor de tecnología del blog The Verge, después de pasar, de forma voluntaria, un año entero sin usar Internet . El periodista decidió llevar a cabo este experimento porque quería ver que había hecho la Red con él; consideraba que Internet era un estado antinatural para los seres humanos. Finalmente se percató que su vida “no era diferente sin Internet, sino que no era real”.

    La experiencia de este periodista, ampliamente difundida por los medios hace unos meses, es lo primero que me vino a la mente después de leer el post “Desaparecer: la nueva fantasía digital”. Paul Miller se dio cuenta que la cuestión no era separar una cosa de la otra. Nos guste o nos nos guste, nuestra sociedad es digital, pero no solo cuando estamos conectados. Hoy en día es innegable la influencia que ejerce Internet sobre nuestras vidas. Conexión y desconexión no son dos términos opuestos, tal como he leído en uno de los posts.

    Un muy buen e interesante ejemplo sobre esta interrelación podría ser lo que se comenta en uno de los enlaces del texto: el fin de la cultura de los objetos, donde lo físico cada vez tiene menos relevancia.“Almacenar es en este mundo inmaterial cosa de otra época”. Ahora ya no nos preocupamos de reunir más y más cosas, no nos molestamos en crear amplias colecciones de libros o discos de música para sentirnos importantes. La acumulación de bienes no es determinante de la riqueza personal de cada uno, principalmente porque ahora por Internet adquirimos su esencia, la parte funcional del producto.

    Del mismo modo, el futuro inmediato predice un vínculo aún mayor a estas tecnologías, pero no desde el punto de vista de una dependencia insana, sino que cada vez seremos capaces de integrar mejor el mundo real con el entorno digital. Y esto no tiene porque ser malo, siempre y cuando seamos conscientes de que tenemos que abrir nuestra mente a una sociedad que fluctúa en dos contextos. Por poner un ejemplo, aunque ahora nos comuniquemos más a través de las tecnologías, es razonable que se sigan respetando los protocolos tradicionales de comunicación ( hacer más caso a la persona que tienes cara a cara que a las notificaciones del móvil, no iniciar conversaciones múltiples sin terminar la anterior con la misma persona en varias plataformas digitales, etcétera).

    A raíz de todo esto me hago eco de una frase que he leído en los documentos y me ha gustado bastante “Permanecer en las redes no te hace menos libre. Vivir de espaldas a ella, probablemente sí”. Es decir, es imposible desaparecer o desconectarse. De hecho, considero que son términos imprecisos. Lo que se puede hacer es difuminar esa línea de separación en nuestra mente. Es conveniente incorporar ambos mundos, el offline y el online y aprovechar las comodidades que nos da está unión. Esto no es olvidarse el mundo real, pero aprovecharse de esto porque ahora el mundo digital ya forma parte de él.

  4. YO NO SOY ESA (o pon un post-it en tu webcam): Nadie ofrece algo a cambio de nada, y eso es aplicable también –quizá sobre todo- a Internet. Me lo recuerda un amigo programador cuando le consulto sobre la seguridad de almacenar documentos en una nube, y pone el sistema bancario como ejemplo: nos ofrecen un lugar donde cuidar de nuestro dinero y realizar ciertas gestiones por nosotros; a cambio… utilizan ese dinero y sacan provecho propio. De nuestra información personal aún es más difícil saber cuál es su destino, aunque lo que se intuye causa gran inseguridad.

    Vivimos entre signos de almohadilla, extensiones y direcciones puntoCom, puntoEs, puntoNet, puntoOrg… Las tarjetas de visita pueden ser virtuales y convertirse en una ventana a nuestra personalidad digital, con la presentación, imágenes y enlaces correspondientes. Son aplicaciones al alcance de cualquiera y fáciles de editar. Se llaman Flavors;
    Zerply o Aircus entre otros.

    Cuanto más ampliamos la influencia y campo de acción de nuestra presencia en la red, más se multiplica la ignorancia sobre sus consecuencias y su –parece- indeleble permanencia. Pero, ¿qué ocurre si nosotros no somos nosotros?.
    Lejos quedan las películas de espías donde solamente un submundo apenas conocido por ciertos escogidos tenía la facultad de falsificar documentos de identidad. En el mundo virtual todo es posible. Y empezamos a plantear incógnitas.

    ¿Es posible generar una falsa identidad? Agobiados por las peticiones de registro cuando accedemos a un sitio de compras o de viajes, por páginas web cuya fiabilidad es etérea, en alguna ocasión hemos sentido la tentación de ofrecer un nombre inventado y datos no reales, con el fin de acceder a cierta información pero reservando nuestra auténtica filiación. La propia red nos facilita la creación de identidades aleatorias

    La respuesta, por tanto, es sí. Es posible crear una identidad falsa. Será irreal, pero mantendrá las mismas propiedades (especialmente resaltamos, junto al dinamismo inherente al mundo de la red, su carácter referencial, social y parte de uno o múltiples contextos) y, sobre todo, generará una reputación acumulativa y duradera en el tiempo, ese crecimiento un tanto fuera de control que, como se comenta en el post, puede conducirnos al agobio e incluso al ansia eremita de aislarnos temporalmente de todo.

    La necesidad de formación para conocer normas básicas de seguridad y privacidad es evidente, pero también la de conocer el modo de mantener nuestras puertas cerradas. Y la puerta con la que entramos al universo virtual es el ordenador, cuya pantalla puede dejar de ser únicamente el reflejo de nuestro escritorio para convertirse en el punto de entrada de cualquier delincuente. No es paranoia.

    En muchos ordenadores, la independencia entre el chip de la cámara web y el chip que controla que se encienda la luz asociada a esa cámara, hace posible que seamos espiados de modo remoto sin saberlo (sin que se encienda esa luz que podría avisarnos). Se ha comprobado en ciertos modelos de Mac y en investigaciones policiales, y lo ha relatado a fondo un interesante reportaje del reportaje del Washington Post

    No es exagerada la prevención, Wikileaks es un hecho cierto y, desde que vi la entrevista que Jordi Évole realizó a Chema Alonso en La Sexta, me siento más tranquila copiando su sencillo consejo de colocar ese papelito amarillo, el post-it autoadhesivo, en el puntito de mi webcam . Así que, querida profesora y compañeros: si queréis que nos veamos –virtualmente-, dadme un toque antes, quedamos, y lo despego.

  5. ¿Qué pasaría si desapareciera nuestra identidad digital? Como dice Tiscar, todo y nada. No pasaría nada porque los que hemos vivido sin Internet sabemos que se puede vivir sin él. Y precisamente nosotros somos los que en algún momento nos lo planteamos. Pero a la vez todo. Pues hoy en día nuestra identidad digital antecede en muchos casos a nuestra identidad analógica.

    Permitirme que comparta una experiencia personal. Tengo que ir a impartir unos seminarios a otro país. Y me decía mi contacto “deberías cuidar muy bien todo el tema digital, tu página web, las redes, la de la empresa…” porque ahora mismo te puedo asegurar que te están “investigando”…. Wau! Me están investigando… Me hizo gracia pues los seminarios que debo impartir tienen que ver con redes sociales así que desde siempre la identidad digital la he tratado de controlar, pero hasta él que no sabe del tema, me lo advirtió. Lo cierto es que por eso pasaría todo y nada.

    A nivel personal, a mí no me pasaría nada. Mis amigos siguen siendo los que son y los contactaría de otra manera. Pero a nivel profesional, en muchos casos, la gente se aproxima a mí a través de Internet. Imaginad la repercusión que tendría impartir seminarios de redes sociales y no tener presencia digital…

    La clave está en lo que apunta Silver. El ser capaces de aprovechar lo que nos aporta estar conectados y ser capaces de desconectar y volver a conectar cuando queramos. Eso es básico. Los estudios de este autor me han parecido interesantísimos y sobre todo me han hecho reflexionar en lo interesante que puede llegar a ser las investigaciones sobre la dexconexión digital.

    Soprendente el alumno que le dice en el vídeo “¿Y cómo cojo el autobús sin mi iPhone? ¿Y qué hago si tengo que esperar?…”… Jajaja : Pues sentarte y mirar, escuchar, oler… dice Silver.

    A nivel sociológico es interesantísimo.

    También coincido con el hecho de que desaparecer de las redes sociales no es la solución. Es decir, si quieres estar, está. Y si no quieres, no estés. Pero la clave es usarlas si quieres. Tengo varios amigos que no tienen cuenta de Facebook o que la han eliminado o bloqueado. Yo creo que lo mejor es, como todo en la vida, ser dueño de uno mismo y utilizar la tecnología en la medida que uno quiera.

    Me detengo en este punto en otro de los argumentos de Silver que decía en el vídeo “deja de usar los media y en el momento en que veas que es perjudicial o dañino o insoportable, pues los vuelves a usar…” jajaja Me río porque es cierto. Hemos llegado a ese punto donde nos puede perjudicar psicológicamente no tener acceso a la red, a los móviles etc…

    Yo creo en el equilibrio sano. Creo en la potencialidad de la identidad digital (que por cierto hay que cuidar y construir) y por supuesto en la identidad real. Por lo que para mí el equilibrio sano es ese donde la vida virtual refleja más o menos la vida real y a la vez podemos conseguir que las acciones virtuales tengan repercusión en la vida real. Esa combinación virtualidad/realidad es la que nos permitirá conseguir la armonía. Poner la tecnología y los medias a nuestra disposición aprovechar lo que nos pueden ofrecer y no ser exclavos de ellos.

  6. Con la llegada de las vacaciones de Navidad es un buen momento para poner en práctica hasta qué punto somos o no realmente capaces de desconectar, ¿cuánto tiempo podemos estar offline?, ¿necesito estar conectado constantemente?, ¿puedo estar un par de días ignorarando el WhatsApp, no viendo las actualizaciones de Twitter y Facebook?
    Debemos intentarlo, ver hasta qué punto dependemos de nuestros dispositivos, y tal vez, sea el momento de dejar de ver esas noticias acerca de la creación de lugares libres de conexión con Internet como una excentricidad.
    El desconectar un rato de todo de seguro nos ayuda a reducir el estrés y sobre todo la mente descansará porque estamos en un momento en el que hay tal cantidad de información rodeándonos constantemente que nuestra mente se satura (véase Twitter y el ritmo de actualización del TimeLine). Cualquier cosa en exceso siempre acaba pasando factura por lo que sí coincido en la necesidad de vez en cuando de hacer ese ejercicio de apartarse un rato de ya sea las redes sociales o el incesante pitido del WhatsApp. Abstraerse y centrarse en lo que pasa realmente a nuestro alrededor más inmediato, aclarar las ideas.
    Dependiendo del nivel de dependencia requerirá más o menos voluntad pero de seguro que al regreso de nuestro retiro offline de horas o días, tendremos las ideas más claras o veremos las cosas desde una nueva perspectiva.
    Pero claro, desconectarse ya sea del teléfono, el ordenador o Tablet supone quedarse fuera de una parte importante de la realidad: lo que sucede en Internet. También significa que no se estará disponible, que uno no podrá ser localizado mediante llamada, mensaje, e-mail, WhatsApp,etc. Esta pérdida de conectividad puede provocar en muchos angustia por la característica absorbente de los dispositivos. En palabras de Robert Sutton, profesor de la Universidad de Stanford y autor del libro Good boss, bad boss (2010): “La naturaleza absorbente de los dispositivos y la información en tiempo real arrastran a los usuarios, la intermitencia y la respuesta constante del otro lado refuerzan esa sensación. Además, hay que contar con la presión de vivir en un mundo en el que para muchas personas “inmediatamente” significa literalmente “inmediatamente”. Todo esto provoca que la gente viva extasiada en sus teléfonos e ignore la vida que pasa por delante”.Sin duda vivimos en una sociedad en la que se ha creado una nueva necesidad: estar conectados las 24 horas del día y los 7 días de la semana.
    Lo que comenta Robert Sutton con respecto al trabajo también se ve acentuado con la crisis actual, el temor ante lo que pueda suceder cuando uno no está presente fomenta esta necesidad de estar en todo momento al tanto de todo. Por ello, no debe sorprendernos los datos extraídos del informe de Randstad Workmonitor: “el 34% de los españoles asegura no poder resistirse a leer continuamente el e-mail del trabajo en vacaciones y la mitad (50% frente al 47% de la media internacional) aseguran que durante sus vacaciones se mantienen informados de lo que está ocurriendo en el trabajo”. De esta manera no se desconecta y al final se acaba sobresaturado.
    Sin embargo, conectarse puede ayudar a evadirse, pero depende del empleo que le dé cada uno pongamos el caso de las redes sociales. Una pequeña interacción en las redes sociales puede mejorar nuestro ánimo pero el problema viene cuando hay un sentimiento de obligación por ejemplo de Twittear lo que nos sucede en todo momento, colgar en Instagram las fotos de lo que comiste, decir en dónde estás, con quién estás, etc. Esta ansiedad por actualizar constantemente, un poco en pro de seguir el ritmo de la información que nos rodea también lleva a que no se medite bien lo que se publica y ya se sabe que Internet lo de olvidar no lo lleva bien, luego vienen los arrepentimientos. No hay que olvidar que estamos dando una imagen nuestra, que estamos definiendo nuestra identidad a través de nuestros mensajes, por lo que una pequeña desconexión para meditar no nos hará daño.
    Porque además, sí, nos estamos aislando, las redes sociales nos ayudan a mantener el contacto y establecer relaciones sociales con gente que no vemos pero se está perdiendo la interacción en persona, cada vez nos aislamos más, yo lo veo cuando echo un vistazo a los grupos de amigos sentados en una cafetería, sentados todos en la misma mesa pero cada uno con su portátil,tablet, móvil,etc, twiteando o whatsappeando sin dirigirse la palabra los unos a los otros, ignorándose, y debo decir que es una estampa que cada vez veo más a menudo.
    Usar las redes sociales es muy práctico para mantener el contacto pero no se debe dejar de tratar con las personas cara a cara, esto conlleva a la despersonalización y el aislamiento.
    Por tanto, se extrae en claro que estar conectado sí, pero hay que saber desconectarse de vez en cuando por el bien de nuestra cabecita, que luego nos saturamos y ya no sabemos a cuántas andamos. Asimismo, tampoco se debe dejar que las redes sociales acaparen nuestra forma de comunicarnos y por último pensar bien lo que compartimos por Internet.

  7. ¿Por qué hemos pasado de buscar el reconocimiento social a reivindicar el derecho a desaparecer?

    Las autoridades de la Unión Europea y la Agencia Española de Protección de Datos defienden que la futura regulación europea contenga una formulación expresa del derecho al olvido, entendida como el control sobre la eliminación de determinadas informaciones de Internet.

    Como otros derechos, esta necesidad social, real y casi tangible, se ha convertido, tal y como se anuncia en el título de este post, en una fantasía. Los ciudadanos fantaseamos con la libertad, con la igualdad, con esa carta de derechos fundamentales del hombre que la realidad parece alejar constantemente. Pero ahora también con la desaparición online, lo cual atribuye a ese derecho la naturaleza de utopía inalcanzable. ¿Qué nos ha llevado a este punto?

    Dictionary.com ha nombrado la «privacidad» como la palabra del año 2013. El concepto de privacidad es uno de los más influyentes, desde mi opinión, en esta pulsión por la exclusión digital. Es notorio el incremento en la preocupación por la erosión de la privacidad personal que hace Internet, según Global Web Index en su estudio de 2013. Incluso los informes que hablan de que la muerte de la privacidad es una exageración, reconocen que necesita redefinirse, como el artículo publicado por Forbes este diciembre. La privacidad va a convertirse en un valor agregado diferenciador: de la misma manera que existe un mercado orientado a consumidores que buscan alimentos ecológicos o cosméticos sin pruebas animales, existirá un segmento de población que demande productos y servicios que respeten su privacidad. Y en ese sentido los proveedores de servicios web y plataformas online deberían sentirse concernidos.

    Pero las personas estamos inmersas en una compleja evolución digital no exenta de tensiones. Frente a este deseo de desaparición o de respeto a los límites de la intimidad, experimentamos también una pulsión de inmersión e inmediatez. La tecnología digital, y sobre todo Internet, han creado herramientas para que el consumidor obtenga experiencias más completas. Según Frank Rose, autor de The Art of Immersion, la audiencia ha desarrollado nuevas expectativas y ya nunca más querrá ser un consumidor pasivo. La tecnología digital nos ha dado la oportunidad de aumentar nuestra participación, nuestra interactividad.

    En The condition of Postmodernity, de David Harvey, el autor nos plantea una visión del mundo donde las distancias se acortan y los tiempos se reducen gracias a la intensificación y aceleramiento del tiempo y el espacio en la vida social y económica. Es seguramente este planteamiento lo que Internet y las redes sociales han maximizado.

    Como resumen, podemos ver el vídeo animado de las tendencias con las que JWT Intelligence hace un pronóstico de cómo seremos a partir de 2014. Puede que sea este conflicto de anhelos, entre la privacidad y la interactividad, lo que nos caracterizará como seres digitales.

    Resumen de enlaces:

    Palabra del año 2013:
    http://blog.dictionary.com/infographic-privacy/?__utma=1.1541735250.1387558931.1387558931.1387558931.1&__utmb=1.1.10.1387558931&__utmc=1&__utmx=-&__utmz=1.1387558931.1.1.utmcsr=directutmccn=directutmcmd=none&__utmv=-&__utmk=217240086

    Estudio Global Web Index:
    https://www.globalwebindex.net/products/chart_of_the_day/9th-december-2013-tracking-growing-privacy-concerns

    Informe Forbes:
    http://www.forbes.com/sites/forrester/2013/12/19/rumors-of-privacys-death-have-been-greatly-exaggerated/

    Artículo sobre The Art of Immersion:
    http://www.jwtintelligence.com/2013/12/qa-frank-rose-author-the-art-immersion-2/

    Libro The condition of Postmodernity:
    http://libcom.org/files/David%20Harvey%20-%20The%20Condition%20of%20Postmodernity.pdf

    Vídeo de JWT Intelligence:
    https://www.youtube.com/watch?v=sEzeSym8v3c

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